Fiesta de Halloween de los Lerele

CUENTO HALLOWEEN INFANTIL DE LOS LERELE

CUENTO HALLOWEEN INFANTIL

 

A papá y a mamá les encanta organizar la fiesta de Halloween para nosotros y algunos de nuestros amigos…pero no podíamos imaginar lo que habían tramado para este año…

Cuando fui a hacer la compra con mamá, tenía un objetivo muy claro, que previamente había tramado con Marta y Pablo: tenía que garantizar el correcto suministro de chuches. No fue tarea fácil, porque mamá quería coger de esos caramelos blanditos tipo gominolas, y yo quería las chuches que venían preparadas en las bolsas de Halloween.

Esas bolsitas son fantásticas, vienen ojos, dedos, dientes y todos los órganos que imaginéis en forma de gominola.

Las golosinas y el tema de los disfraces es lo único en lo que nos dejan participar nuestros padres porque, aunque ellos dicen por ahí que la fiesta la hacen por sus hijos, lo cierto es que a ellos les gusta tanto o más que a nosotros.

La decoración es cosa de papá, que siempre lo deja todo para el último momento, lo cual enfada muchísimo a mamá…- yo creo que lo hace a posta para fastidiarla…-

Pero el menú es responsabilidad de mamá, y en esas estábamos en el supermercado. Una vez habíamos elegido las chuches, tocaba comprar el resto de ingredientes para la merendola.

Mamá siempre prepara cosas riquísimas con forma de monstruo. El año pasado hizo unas momias de perritos calientes que fueron un éxito y todos esperábamos que volviese a repetir receta este año. Pero cuando llegamos a la zona de embutidos, mamá dio un giro inesperado hacia las frutas y verduras. Eso me dejó bastante descolocado, porque no se puede preparar un menú de Halloween vegetariano, eso echaría a perder el subidón de adrenalina y azúcar propio de la fiesta.

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Entonces, mamá empezó a coger cosas sin ningún sentido: mandarinas, plátanos, apio, calabaza, frambuesas, melón, huevos, aceitunas negras, etc.

No entendía nada. Tenía que llamar a mis hermanos para coordinar algún plan que frenase sus intenciones. ¡No iba a permitir que nos preparasen un Halloween saludable! Eso se queda para cualquier otro día, pero en Halloween el azúcar tiene que estar garantizado.

– Mamá, ¿me dejas el móvil.

– ¿No irás a ponerte a jugar con él, verdad, Lucas?

– No, mamá. Es que me olvidé la tele encendida y quiero que Marta la apague.

– Vale, toma. Voy a ir cogiendo las salchichas.

Al escuchar salchichas, me tranquilicé un poco más, porque seguro que las iba a utilizar para preparar las momias de perritos calientes.

Llamé a mis hermanos.

– Marta, Pablo, ¿estáis solos? ¿o tenéis a papá cerca?

– No, estamos solos ¿Qué tal van las chuches?

– Eso está controlado, pero creo que a mamá se le ha ido la cabeza y pretende servir fruta y crema de calabaza para la fiesta y ahora ¿qué hace…? ¡Madre mía…!

– ¿Qué pasa, qué está haciendo? Nos estás asustando Lucas.

– Se ha ido a la zona de menaje y está comprando una marmita pequeña…creo que la crema de calabaza está garantizada… ¡uf! Estamos perdidos, nuestra famosa fiesta de Halloween echada a perder por un puré.

– Pero Lucas, ¡intenta detenerla! Te tengo que dejar, que viene papá – dijo Marta.

– Lo intentaré – Contesté.

Me dirigí hacia mamá para intentar sonsacarla el menú.

– ¿No me puedes dar una pista sobre la cena de Halloween? Mira que a mis amigos no creo que les guste la crema de calabaza…- dejé caer como si nada.

Mamá me miró de reojo y con sus palabras sentenció cualquier acto de insumisión- ya está todo, vamos a pagar y a casa – y esbozó una sonrisa que me dio bastante miedo, la verdad.

La tarde previa a Halloween, mamá siempre deja preparado parte del menú y, como siempre, cerró la puerta para mantener la tensión.

He de reconocer que es una profesional del suspense, así que nos fue imposible acceder a su plan gastronómico de Halloween.

Pero cuando estábamos a punto de desistir, escuchamos la batidora funcionando a todo meter.

Nuestras peores sospechas se habían confirmado…habría una crema suave de calabaza para la fiesta de Halloween…

Nos fuimos a nuestros cuartos sin mediar palabra por el disgusto que llevábamos encima. Yo estaba seguro de que mis hermanos pequeños me culpaban por no haber sido capaz de frenarla en el supermercado.

La mañana de Halloween nos pusimos nuestros disfraces. Yo había conseguido un disfraz de Jeff the Killer, Pablo iba disfrazado de Chucky y Marta de bailarina zombi. He de decir, que el disfraz de Marta era espectacular y lo había diseñado ella misma.

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Aunque no se nos notase en el rostro, pues los 2 cm de maquillaje pueden camuflar cualquier sentimiento, lo cierto es que estábamos bastante preocupados por el tema del puré.

Llegamos al colegio y nuestros amigos ya estaban esperándonos, ansiosos por asistir a nuestra fiesta.

Intentamos que no nos notasen tensos, eso les haría dudar de nuestra famosa fiesta.

A la salida de clase, papá y mamá pasaron a recogernos.

– ¿Os apetece merendar fuera? – dijo mamá.

Los tres nos quedamos sorprendidos porque, normalmente, la tarde de Halloween, nos recogían e íbamos directos a casa para terminar de decorar lo que no hubiese terminado papá…

– Pero mamá, si en 2 horas vienen nuestros amigos ¿cómo vamos a estar por ahí de merienda? – dije sorprendido.

– No te preocupes, lo tenemos todo preparado – dijo papá.

Nos callamos todos. De repente Marta rompió el silencio.

– Mamá, papá, estamos bastante preocupados por el puré – dijo con firmeza.

– ¿Qué puré? – preguntó mamá.

– No os hagáis los locos. Ya sabéis a lo que me refiero.

– Bueno, la verdad es que no tengo ni idea – dijo mamá.

Antes de que Marta pudiese continuar con su alegato, fue interrumpida por papá con un mensaje que destrozó cualquier esperanza de tener una buena fiesta de Halloween.

– ¿Sabéis quien estará a punto de llegar a casa? La tía Milagros.

La tía Milagros había trabajado en el mundo del cine. Ella montaba los escenarios y había participado en muchas películas de terror. Por eso le encantaba la noche de Halloween. De hecho, siempre nos mandaba un detalle para decorar la casa que ella misma preparaba. La verdad es que en su día debió de ser una crack, pero estaba seguro de que con sus recién cumplidos 88 años, debía de haber perdido su chispa. Lo que seguro que había perdido era su dentadura, pues desde hacía varios años lucía unos dientes postizos que se quitaba a su antojo…era bastante asqueroso.

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La merienda fue de todo, menos divertida. Los tres nos imaginábamos a la tía Milagros disfrazada de bruja, mientras sorbía su crema de calabaza de la marmita ante todos nuestros amigos. – ¡puaj! Solo pensarlo me entraban escalofríos.

Al fin llegamos a casa. Nuestros amigos estaban a punto de llegar, así que nos mandaron a nuestro cuarto de baño para retocarnos el maquillaje. Estábamos tan desganados que no nos dimos cuenta de que las puertas del salón y del jardín estaban totalmente cerradas.

(Sonó el timbre que mis padres ponían cada año y que entonaba una cancioncilla con sonidos tenebrosos)

Los tres bajamos con cierta desgana.

Entonces, aparecieron nuestros amigos completamente emocionados e inmediatamente después apareció mi padre con un disfraz baste logrado de “la muerte”.

– Acompáñenme jóvenes mortales y prepárense para participar en la búsqueda del terrorífico tesoro. Solo si son capaces de encontrar y seguir correctamente las pistas, podrán sobrevivir a la invasión de los muertos vivientes, jajaja.

Bueno, he de reconocer que papá fue bastante terrorífico.

Comenzamos a caminar todos juntos, muy metidos en la escena que mi padre nos había preparado. Fuimos puerta por puerta haciendo “truco o trato”, y cada vecino de la urbanización nos aportó una pista sobre dónde encontrar el tesoro, ese que nos salvaría de la invasión de los muertos.

Las pistas nos llevaban de una casa a otra, de la pista de fútbol a la piscina; vamos, que nos recorrimos toda la urbanización buscando el tesoro. Lo pasamos muy bien adivinando cada nuevo lugar donde nos mandaban las pistas que íbamos consiguiendo.

Con la emoción del juego, no nos habíamos dado cuenta de que papá llevaba un cronómetro colgado del cuello, hasta que Miguel se fijó en el detalle del reloj y observó que el cronómetro estaba en marcha, con una cuenta atrás de la que sólo quedaban 2 minutos.

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– ¿Qué es eso? – preguntó Miguel.

– Es el tiempo que os queda para encontrar el tesoro…ya siento a los muertos removerse en sus tumbas… ¡corred, corred!, tenéis que encontrarlo o de lo contrario…

El tono de ultratumba de mi padre y el tic tac de aquel cronómetro hicieron que cundiera el pánico y todos corrimos como locos de un lado a otro sin ninguna lógica, buscando entre los matorrales, bajo las canastas de baloncesto, etc. Estábamos tan nerviosos que comenzamos a pisarnos los unos a los otros, nos empujábamos, nos gritábamos…aquello se convirtió en una batalla campal de niños disfrazados.

Entonces, alguien gritó – ¡Lo tengo! ¡He encontrado el tesoro! ¡Detened el cronómetro! –

Corrimos en manada hacia mi padre, mientras chillábamos – ¡para el reloj, páralo! –

(mec, mec, mec, sonó el fin del tiempo)

– Demasiado tarde jóvenes mortales – dijo mi padre – sólo os queda una salida, si es que aún no han llegado allí…Id a nuestro jardín, he rodeado la casa con cabezas de ajo para ahuyentar a los muertos…espero que lleguéis a tiempo.

El miedo se había apoderado de todos nosotros, que corríamos despavoridos hacia el jardín de mi casa.

Abrimos la verja y ….¡Oh! …mis padres habían montado en el jardín una especie de pasaje del terror… ¡estaba siendo la fiesta de Halloween más terrorífica de nuestras vidas!

Pablo, Marta y yo nos miramos con complicidad. Los tres estábamos alucinando por lo que nuestros padres habían preparado.

Se podía oler la tensión y el terror entre nuestros amigos. Nadie se atrevía a entrar en aquel pasaje, por miedo a lo que pudiésemos encontrarnos.

Finalmente, di un paso al frente y, junto a mi amigo Miguel, nos adentramos en aquel tenebroso lugar.

Telas de araña, sonidos misteriosos, murciélagos, ojos colgando, calaveras, no faltaba ningún detalle, y a lo lejos una anciana con una marmita. Hubiera jurado que aquella marmita era la que mamá había comprado en el supermercado. De lo que si estaba convencido es de que la anciana, magníficamente disfrazada y maquillada de bruja, era mi tía Milagros, pero claro está, no le dije nada a Miguel, que estaba fascinado y aterrado al mismo tiempo.

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Nos acercamos a la anciana, que daba mucho, mucho miedo.

– Si de los muertos queréis escapar, este cóctel de ojos habréis de tomar – dijo la vieja mujer.

Miramos dentro de la marmita y había un líquido rojo, con ojos flotando. Miguel estaba totalmente aterrado, pero entonces caí en la cuenta de que mi madre había comprado frambuesas y melón y recordé una receta de cóctel de ojos que había visto hacía tiempo por internet. Claro, eso es…, ¡Este año se han superado!

Con las ideas claras sobre el origen de aquel brebaje, decidí hacerme el valiente y me bebí el coctel.

– Tu valentía os permitirá salvaros de la invasión que nos acecha. Entrad por aquí.

En ese momento una mano apareció y abrió unas andrajosas cortinas que colgaban tras la anciana.

Antes de poder entrar, las garras nos señalaron un papel que colgaba de la pared. Era un acertijo.

Para que vuestras almas se puedan salvar, repetid las palabras secretas de esta noche tan especial

…y si sois capaces de acertar, mucha paciencia habréis de mostrar.

Miguel y yo nos miramos y no tuvimos dudas – ¡Truco o trato! – gritamos al mismo tiempo.

La garra nos indicó que podíamos pasar y tomar asiento. Volvió a cerrar las cortinas y salió de su escondite un monstruo con joroba y rostro desfigurado.

– Disfrutad de la cena…mientras vuestros compañeros intentan salvar sus vidas…

Estábamos en el salón de mi casa, o eso parecía, porque todo estaba forrado de papel negro, y la única luz que había procedía de unas pequeñas velas que habían metido dentro de increíbles calabazas talladas y, frente a nosotros, había una mesa con muchísima comida, con formas de monstruos y muchas telas de arañas.

Era increíble lo que mis padres habían hecho sin que nosotros nos diéramos cuenta.

Miguel y yo nos sentamos y empezamos a probar todas las cosas que mi madre había preparado. Yo me lancé a por unas pequeñas tortitas – increíble, son tortitas de calabaza…ahora entiendo todo –

Miguel me miró sin saber a lo que me refería, mientras se comía uno de los huevos de araña – ¡Riquísimo! – dijo con la boca completamente llena – ¡La mejor fiesta de Halloween de todas las que habéis celebrado! –

Allí sentados, todavía con la adrenalina en el cuerpo, Miguel y yo esperábamos a que los demás fuesen entrando. Sin embargo, cuando ya habían pasado más minutos de lo que considerábamos normal, Miguel y yo, empezamos a preocuparnos.

Nos levantamos sigilosamente para que mi madre no nos descubriese y nos dirigimos hacia las viejas cortinas.

Al abrir ligeramente las telas para ver qué estaba pasando, la vieja se percató de nuestra presencia, se giró y dirigiéndose a nosotros dijo con una cruel sonrisa – La impaciencia os ha vencido. Vuestros compañeros apostaron a que vosotros les salvaríais y habéis fallado. Ahora tendréis que salir junto al resto de niños…no creo que los ajos os protejan de la invasión que os acecha.

– ¿Cómo? Pero si ya nos habíamos salvado.

Entonces recordé que el pergamino nos hablaba de que debíamos ser pacientes, pero con la emoción de haber acertado el acertijo, no presté atención a aquellas palabras.

Miguel y yo salimos con el resto del grupo, que nos comenzaron a acribillar a preguntas, pero antes de que pudiésemos contestar a alguna de ellas, comenzamos a escuchar ruidos muy raros. Nos metimos en el jardín, para protegernos.

El césped estaba cubierto por una tela negra y, en una esquina del jardín había una gran montaña de hojas y ramas amontonadas.

– Eso no estaba ahí esta mañana – aseguró Marta.

Todos juntos nos dirigimos hacia las hojas. Marta se acercó y apartó unas cuantas para ver si encontraba algo y ahí, bajo los despojos de la naturaleza, apareció una sepultura de cartón.

La situación daba bastante miedo, tanto que comenzamos a acercarnos demasiado los unos a los otros, como si al estar completamente pegados fuésemos a evitar el tremendo susto que se nos venía encima.

Estaba claro que algo iba a salir de la sepultura. Aunque todos éramos conscientes del juego, lo cierto es que saber que te van a dar un susto, hace que te asustes mucho más, ¿verdad?

Una suave brisa hizo que las pocas hojas que cubrían la sepultura se retirasen y dejase a la vista una inscripción que decía “¿fuisteis pacientes?”.

La tela negra del suelo comenzó a moverse, como si alguien la estuviese sacudiendo desde la otra esquina, pero la oscuridad de la noche nos impedía ver quién podía ser.

Nos quedamos inmóviles en el centro del jardín, observando la puerta por si entraban los muertos y, justo en ese momento, unos niños pasaron corriendo frente a ella mientras gritaban “¿Truco o trato?”

Os parecerá una tontería, pero la presencia de los niños correteando nos hizo tranquilizarnos y comprender que aquello no era más que un montaje de mis padres, a los que se les había ido la olla del todo. Mira que atemorizar así a un grupo de niños…

 

Nos relajamos, nos miramos todos y juntos gritamos “¿Truco o trato?”. Era como si con esas palabras estuviésemos pidiendo ayuda para que dejasen el juego del terror y parece que dio resultado. Mi padre y mi madre salieron de sus escondites y todos respiramos.

– Vamos, valientes – dijo mi madre con bastante ironía – os invito a una merienda terrorífica.

Todos corrimos al salón. Los que no habían estado antes, se quedaron alucinados con la decoración.

Entonces, Luisa, una de las amigas de Marta, dijo – caramba, sí que se lo han currado tus padres. ¡Habéis visto a la anciana de plástico! – grito mientras le pellizcaba la mejilla.

Los tres nos miramos para intentar impedir que pellizcase a la tía Milagros, pero nos pareció tan divertida la escena de Luisa, doña perfecta, pellizcando a la tía, que decidimos observar, disfrutar y reírnos del susto que se iba a pegar.

La tía Milagros se giró con cara de enfado y miró a Luisa. Ese simple movimiento hizo que la pobre niña se pegase un susto de muerte.

Irremediablemente, los tres nos echamos a reír y el resto de amigos nos siguieron. Después del miedo que habíamos pasado, aquel ataque de risa era casi necesario…bueno, menos para Luisa, que no parecía muy contenta. Entonces la tía Milagros tranquilizó a Luisa, que comenzó a reírse con el resto de amigos, mientras se comía una de las frutas terroríficas que mi madre había preparado para intentar que la cena de Halloween fuese algo más saludable…

CUENTO HALLOWEEN INFANTIL

Mi tía les contó a todos algunas de sus anécdotas como maquilladora en películas de terror y aquello fue el broche final para una noche de Halloween que nos hizo famosos en el colegio…durante un par de días o tres.

Pero para nosotros esa fiesta ha pasado a nuestro cuadro de honor como uno de los mejores recuerdos de los Lerele.

FIN

Autora: Beatriz de las Heras García.

Ilustradora: Alba Pérez España.


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lucas.lerele@cuentosyrecetas.com


PREGUNTAS SOBRE EL CUENTO HALLOWEEN INFANTIL DE LOS LERELE

  1. ¿Por qué se preocupó tanto Lucas al ver a su madre ir hacia la sección de frutas del supermercado?
  2. ¿De qué se disfrazaron los hermanos Lerele?
  3. ¿Por qué les inquietaba tanto el menú de Halloween? ¿Qué pensaban que iban a servir?
  4. ¿Quién iba a visitar a los Lerele en la noche de Halloween?
  5. ¿Qué juego habían preparado los padres Lerele para la fiesta de Halloween?
  6. ¿Crees que los amigos y los hermanos Lerele lo estaban pasando bien? ¿Qué es lo que más te ha gustado a ti de la fiesta de los Lerele?
  7. ¿Te atreves a preparar un coctel de ojos?
  8. ¿Qué receta te ha gustado más de todas las que prepararon los Lerele?
  9. Si quieres saber más sobre esta fiesta tan divertida puedes leer nuestros artículos:
    1. El origen de la fiesta de Halloween
    2. ¿Conocéis la historia de las brujas de Salem?

 

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